Guerra de independencia para unos y guerra colonial para otros, la guerra de Indochina fue también escenario de uno de los primeros grandes enfrentamientos entre el mundo comunista y las potencias occidentales. Francia, que aún se recuperaba de las heridas de la Segunda Guerra Mundial e intentaba reactivar su economía, comenzó a sentir en Indochina, a finales de 1949, la creciente influencia de la China comunista, que empezaba a proporcionar armas, asesoramiento y apoyo al Viet Minh. Con el paso de los meses y los años, el temor a una intervención masiva de los ejércitos chinos pesó considerablemente en la estrategia militar francesa. El mando francés internó a decenas de miles de soldados refugiados del ejército de Chiang Kai-shek, rechazó el envío de tropas por parte de Corea del Sur y la ayuda de asesores militares estadounidenses —aunque prefirió recibir grandes cantidades de material militar—, y estudió la creación de nuevos batallones de la Legión Extranjera integrados exclusivamente por alemanes. Nunca consiguió que el pueblo vietnamita apoyara al gobierno títere que había establecido bajo la responsabilidad del emperador Bao Dai, considerado por todos un incapaz. Varias veces al mes, oficiales o políticos franceses confiaban sus temores o esperanzas a la embajada de Estados Unidos en Saigón o al consulado estadounidense en Hanói. La CIA analizaba a diario estos testimonios, junto con otros datos recabados en Indochina por fuentes estadounidenses, y los publicaba en sus boletines diarios de inteligencia o los incorporaba a sus informes. La lectura de estas notas, publicadas día a día, permite seguir, desde la perspectiva de la época, el lento deterioro de la situación sobre el terreno. Pero, sobre todo, ofrece una nueva visión de la guerra de Indochina, que tras la caída de Dien Bien Phu estuvo a punto de desembocar en una Tercera Guerra Mundial y en una guerra nuclear.