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Napoleón contra Pío VII: o cómo secuestrar a un papa
1799. Tras el golpe de Estado del 18 de brumario, Bonaparte, ya primer cónsul, tiene como prioridad restablecer la paz civil en Francia y reintroducir allí el culto católico. Para ello debe reanudar las relaciones con Roma, donde acaba de ser elegido un nuevo papa, Pío VII.
Tras largas y difíciles negociaciones entre ambos, el Concordato permitirá el renacimiento de la Iglesia en Francia. En 1804, Pío VII acepta viajar a París para coronar al emperador Napoleón I. Pero la discordia no tarda en surgir cuando este decide incluir los Estados Pontificios en el bloqueo que impone a Europa. El papa se resiste. La situación se agrava. Napoleón ordena la ocupación militar de Roma y la anexión al Imperio de Ancona, Macerata, Fermo y Urbino.
¿Una orden mal interpretada o un exceso de celo de un general? Sea como fuere, el Santo Padre es detenido y permanece recluido en el exilio, primero en Savona y después en Fontainebleau, hasta 1814. Pero es una batalla que el emperador no tiene asegurada. Él, cuya táctica consistía en llevar al enemigo a combatir en un terreno elegido por él, se ve obligado a luchar en uno que conoce mal: el espiritual.
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